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EN EL CINCUENTENARIO DE LA REVOLUCIÓN LIBERTADORA

Hoy se cumple medio siglo del comienzo de las jornadas que pusieron fin al régimen dictatorial, que desde 1943 se abatía – con la fuerza de un huracán devastador - sobre nuestro país y sobre nuestras instituciones.

Y la Historia, la Historia seria ha considerado definitivamente a esas jornadas, no como un hecho aislado sino como la culminación de un largo y sacrificado proceso, del que participaron todos los sectores sociales, porque todos – absolutamente todos – habían sido agredidos, de una u otra forma, por el sistema instaurado el 4 de junio, que a una Argentina, que a pesar de los problemas por los que atravesaba confiaba en su grandeza, la empujó a un estado de decadencia, del que salvo escasas reacciones de salud, aún no hemos podido emerger.

Además, esas jornadas de setiembre, no constituyeron un golpe de Estado ni una asonada, ni una revolución militar. Fueron acciones populares y libertarias donde la ciudadanía, en sus más diversas expresiones, tuvo el papel decisivo.

Por ello – y como muy pocas veces ocurrió en nuestro turbulento pasado -  fue un auténtico movimiento cívico-militar, donde los hombres comunes, es decir los empleados y los profesionales, los obreros y los estudiantes, los comerciantes y hasta las amas de casa, se sumaron a los cuadros políticos de la resistencia civil – que nunca desfallecieron, ni bajaron la guardia – a los que al final se agregaron, con fuerza arrolladora, los católicos a los que se los acababa de agredir con la inicua persecución religiosa y la quema de sus templos. Y todos ellos, fraternalmente unidos a un pequeño sector incontaminado de las tres fuerzas armadas, hace ya cincuenta años, “al filo de la madrugada”. Comenzaron en Curuzú-Cuatiá y en Cuyo, en Ensenada y en la Base Espora, en Puerto Belgrano y en Córdoba – sobre todo en Córdoba – los combates finales hasta lograr la victoria, aunque fuera necesario para alcanzarla, tener “una muerta argentina”.

Y precisamente, ahora estamos aquí reunidos al pie de esta cruz, en primer lugar, para recordar a los que en el transcurso de los combates encontraron una “muerte argentina” y también a los que sirvieron al gobierno revolucionario y ya alcanzaron el descanso eterno.

Pero no sólo venimos a recordarlos, venimos igualmente a agradecerles a todos los que ofrendaron sus vidas – tanto civiles como militares – en las acciones bélicas, agradecimiento que se extiende a quienes con dignidad y honradez ejemplares, ocuparon entonces la función pública, con el único objetivo – y lo cumplieron – de restituir las libertades fundamentales diagramadas en la Constitución histórica cuya vigencia fue restablecida, libertades que estaban groseramente conculcadas.

Por eso ese aparente programa mínimo tenía también el deber de desmontar la aceitada maquinaria del populismo, lo que le otorgaba un profundo sentido ético que concitó la adhesión de la ciudadanía esclarecida y de todos los partidos políticos democráticos, que a través de la Junta Consultiva Nacional respaldaron al gobierno de la Revolución Libertadora, aunque ahora el virus de la desmemoria, o de la ingratitud, haya infectado a vastos sectores de la dirigencia actual.

Pero los protagonistas del movimiento de setiembre sabían que las armas sólo sirven para conquistar la independencia o recuperar las libertades, porque son las ideas, las leyes y la educación las que sirven para que las naciones accedan a las formas superiores de la democracia y a su expresión jurídica que es el Estado de Derecho.

Por eso, en el núcleo de los ideales cívicos que impulsaron las acciones de 1955, estaba el postular el derecho a una revolución moral permanente, que es aquella que los pueblos realizan todos los días, para transformar las sociedades y lograr así más libertad, más justicia, más seguridad y más igualdad, en el marco de conductas privadas y públicas irreprochables.

Y ningún lugar mejor que este, para renovar la intima adhesión a esas ideales, porque aquí está lo mejor de nuestro subsuelo, el yacimiento más fecundo, conformado por sus grandes muertos. La capa geológica rica como ninguna otra, porque genera una energía espiritual que nos permitirá superar todas las crisis, aún las más profundas, o espantar las sombras de los fantasmas que se proyectan sobre el país. Máxime, en estas horas oscuras de desorientación política, desorden social y vaciamiento institucional que nos obliga a permanecer serenos, apretar los dientes y esperar las luces de la madrugada.

En las últimas décadas hemos perdido muchas cosas, y se han hecho añicos muchas ilusiones, pero no es este momento de abatimiento, ni de claudicaciones ni de agnosticismo, es en cambio un tiempo de esperanza. Porque los ideales de Mayo, de Caseros y de Setiembre, que ya están amalgamados e incorporados definitivamente al ser nacional, más tarde o más temprano – con la ayuda de Dios – volverán a imponerse, para que la República Argentina recupere el sitial que la Historia la tiene reservado. La República que soñaron todos nuestros próceres, la República que nosotros soñamos, la República que merecemos.

Dr. Gerardo Ancarola
Cementerio de La Recoleta
16/09/05