Al cumplirse 46 años de la Revolución Libertadora, en representación de la Comisión Nacional de Reafirmación de la Revolución Libertadora y de todos los hombres y mujeres libres de nuestra Patria, venimos a cumplir con este rito ineludible para todos los argentinos que creemos en la Libertad, el honor, la justicia y el decoro. Venimos a renovar nuestra fe libertaria y abrevar en el ejemplo de desinterés y patriotismo que nos legaron los hacedores de la gesta libertaria.
Cuando la República transita caminos adversos al espíritu y la letra de nuestra Constitución fundadora, es decir, a la teoría institucional de la Libertad, es bueno y vivificante que le rindamos homenaje a la gesta gloriosa de Septiembre de 1955.
Este homenaje, es un acto de estricta justicia a los hombres que dieron su sangre, sus mejores esfuerzos, y hasta todos sus bienes por amor a la Patria y a sus conciudadanos.
¡Qué paradoja con el actual momento que vive la República! Donde todos los valores morales y éticos están subalternizados al interés espurio de individuos y de grupos. Y lo que es peor, esta corrupción se asentó en la cúpula dirigencial de todos los partidos políticos, sin excepción, y en una burocracia sindical, política y parlamentaria, que persigue los mismos fines y con los mismos métodos para seguir usufructuando la riqueza que con sacrificio, todavía crea el trabajo fecundo de muchos argentinos. Las excepciones son pocas y aisladas. Esta es la injusticia que no se quiere ver y no se corrige, aunque formalmente, desde las altas esferas del gobierno se la fustigue sólo verbalmente.
La Nación y sus habitantes viven hoy como mendigos suplicantes, y transitan caminos de servidumbre y no de altivez e hidalguía como otrora.
La verdad debe ser predicada una y otra vez porque el error es constantemente predicado a nuestro alrededor, decía Goethe.
Señores, como alguna vez dije, no me es posible dejar de evocar las figuras ejemplares del General Eduardo Lonardi, del General Pedro Eugenio Aramburu y del Almirante Isaac Francisco Rojas. Esta trilogía simbolizó todas las virtudes del movimiento revolucionario de Septiembre de 1955.
Ellos están en el mismo pedestal de la historia de la libertad argentina. Cada uno, con sus características personales distintivas, pero los tres, una sola persona cuando hablamos de coraje, patriotismo, renunciamiento, honestidad y austeridad republicana.
Ellos guiaron y condujeron a miles de compatriotas que nos devolvieron con su esfuerzo intelectual y material, el ejercicio pleno de las libertades argentinas, dentro del marco de la ley y la justicia.
El señor general Eduardo Lonardi se inmoló en el altar de la Patria, quemando sus últimas energías, menguadas por una enfermedad insidiosa y fatal. Él, cumplió con sus obligaciones hasta su último aliento, y fue el primer integrante de la trilogía que nos dejó. Tuvo su accionar inteligente y valeroso desde la escuela de artillería de Córdoba, donde puso de manifiesto sus dotes de conductor y espíritu de lucha. Secundado por el General Osorio Arana y un grupo de oficiales temerarios como él, desplegaron una estrategia que fue decisiva para el triunfo de la Revolución.
El señor general Pedro Eugenio Aramburu, mártir de la Libertad, sacrificado con tanta saña como felona injusticia por los degradados elementos subversivos y terroristas, sacerdotes de la perversidad totalitaria y cómplices serviles y cobardes del gran pontífice, no merece el olvido de ningún argentino. Él fue quien comandó las fuerzas revolucionarias del Litoral y la Mesopotamia, inscribiendo páginas de gloria con su accionar en Curuzú Cuatiá.
Luego le dio, el sentido de ecuanimidad y firmeza al cargo de presidente provisional, que le tocó ejercer, con el mismo decoro y pulcritud con que vivió y murió.
Desde la conjunción infinita de ese mar azul que tanto amó, y que hoy lo cobija en su seno, y el celeste inmaculado del cielo, que simboliza sus diáfanas creencias religiosas, seguramente el señor almirante de la Libertad nos estará observando con su mirada penetrante, con fondo de bondad cristiana a ver si cumplimos adecuadamente con nuestros deberes cívicos.
El almirante Rojas fue el que prolongó las virtudes del movimiento revolucionario en forma viva, ya que fue el último integrante de la trilogía que nos dejó hace apenas algunos años.
Fue un hombre, que siendo anciano tuvo permanentes preocupaciones de joven cuando el mínimo atisbo de riesgo se cernía sobre el cuerpo material o espiritual de la Nación. Un hombre que jamás vaciló ante el peligro si estaban en juego los valores inmanentes de la nacionalidad o la integridad material de la Patria.
Un hombre que después de envainar su espada libertaria, siguió esgrimiendo hasta su último día, su pluma y su verba encendida en defensa de toda causa argentina que creyera justa.
Todavía retumban en la República las salvas de la artillería del crucero “General Belgrano”, con las que el Almirante Rojas le dio el tiro de gracia al régimen perverso abatido en 1955.
Por primera vez en la historia del mundo, había sido derrotado un estado totalitario moderno, montado, al igual que el fascismo italiano o el socialismo nazi, por fuerzas militares y civiles totalmente argentinas. En Europa los regímenes mencionadas debieron ser derrotados por fuerzas invasoras extranjeras.
El 23 de septiembre de 1955, la ciudadanía argentina sojuzgada, reaccionó con una explosión de alivio y alegría, festejando el triunfo de la Revolución. La Plaza de Mayo albergó ese día, de asunción del poder por el gobierno provisional, la cantidad de ciudadanos más numerosa de toda su historia. Concurrían espontáneamente, sin asuetos especiales, ni coerción a ningún empleado público, como sucedía con el régimen derrocado. Esto también es parte de la verdad histórica, que los jóvenes deben conocer.
Pero tiene que quedar bien claro para todos nuestros compatriotas, y especialmente para los jóvenes, que la Revolución Libertadora no se hizo para alimentar odios o ser vehículo de ellos.
Se hizo para rescatar la Libertad conculcada de los argentinos y el régimen jurídico que la protege.
Se hizo contra el sistema perverso instaurado y contra el demagogo inspirador, y no contra ningún argentino de bien.
Se hizo contra los corruptos y delincuentes, y se hizo una sola vez, y para siempre.
Algunos dicen, la Revolución Libertadora no hizo esto o aquello, y los que se erigen así en cómodos críticos, ¿dónde estaban ofreciendo su colaboración cuando este grupo de hombres daba sus vidas y sus mejores esfuerzos? No olvidemos que modestamente, el gobierno surgido el 16 de septiembre se autodenominó “Gobierno Provisional”.
Nadie avizoraba entonces, cómo se revertiría el proceso de descalabro institucional y moral. Y el remedio idóneo aplicado por el gobierno provisional, fue reimplantar la Constitución del 53 en su espíritu y su letra. Le dio consenso y validez jurídica a este acto, a través de la Convención Constituyente de Santa Fe y la Junta Consultiva, adonde estaban representados todos los partidos políticos argentinos.
Con solo esta monumental obra de gobierno, la Revolución Libertadora es acreedora a la gratitud y veneración de todos los argentinos de bien, que aman en serio de la libertad.
Con este enmarco jurídico de seguridad y justicia, los argentinos recuperaron la paz y el clima útil para el trabajo fecundo.
Lo cierto es que la Revolución de Septiembre de 1955, abrió un vasto panorama con las más amplias posibilidades a la existencia del país y sus ciudadanos.
Que las hayamos sabido aprovechar o no, es otra cosa.
Pero nadie podrá negar que fue un verdadero renacer en la vida nacional, para los que creemos en la libertad, el honor y la justicia.
En los ámbitos político, social y económico, surgieron las más variadas iniciativas y actividades, que el despotismo y el predominio de la fuerza habían ahogado en la Nación.
Su ejemplo, la densidad de sus ideas y la alta calidad intelectual de su contenido y acción no pueden dejar de interesar en estos momentos, porque hacen a las cuestiones fundamentales del porvenir argentino.
La libertad no puede subsistir sin el derecho que la establezca, la legisle y la proteja.
Este encuadre necesario la dio nuestra sabia Constitución del 53 reimplantada en 1956. A través de ella volvió a renacer la Paz y surgió la confianza entre los argentinos, desapareciendo el resquemor y el odio sembrados desde las altas esferas del despotismo pervertidor.
Los llamados gobiernos de hecho o de facto, de origen extra-legal, no implican, ni mucho menos, la necesidad de que sean antijurídicos.
Por eso actuaron así, dentro de la legitimidad que le daba la lucha contra la opresión, con la mesura y el tino con que todos los hombres de la Revolución Libertadora lo hicieron, en el corto período que les tocó gobernar.
Y creo, sin temor a equivocarme, que podemos decir que ningún gobierno en tan poco tiempo, hizo tanto por la libertad, la República y sus ciudadanos.
Como obra de hombres pudo tener sus errores -propios de la pasión del momento- pero fueron infinitamente superiores los aciertos, inspirados por la moral y el patriotismo.
Hay que destacar y dejar bien claro, como contraposición al clima de corrupción en que se debaten actualmente los restos de la República de Alberdi, que ni la Revolución Libertadora, ni ninguno de sus hombres, muchos de ellos aquí presentes, fue jamás cuestionado y ni siquiera sospechado, ni por sus más enconados enemigos por corrupción o mal manejo de la hacienda pública.
El General Eduardo Lonardi, el General Pedro Eugenio Aramburu y el Almirante Isaac Francisco Rojas son ejemplos excelsos en medio de una sociedad sedienta de grandes ejemplos.
Constituye un relevante honor, compensador de tantas ilusiones decaídas, el hecho de que hoy estemos juntos, como todos los años, un grupo de argentinos, sólo para rendir homenaje desinteresado y leal a la Revolución Libertadora, simbolizada en los tres jefes nombrados.
A su vez les decimos a los que nos observan desde el más allá, seguramente desde la gloria, que pueden descansar tranquilos, porque esta Revolución Libertadora que ellos nos legaron con su sacrificio y su sangre, la que, repito, se hizo una sola vez y para siempre, la que utilizó la fuerza basada en la razón, contra la razón de la fuerza, no morirá jamás, porque nos iremos transmitiendo, como el testimonio de generación en generación su lección magnífica, para que la posteridad sepa la calidad de los hombres con que contó la República y puedan abrevar en su ejemplo diáfano e inmaculado.
Nada más.
