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Revolución Libertadora

Sí, otra vez recordamos y rendimos homenaje a la Revolución Libertadora. Y lo hacemos no con lejanía ni desgano, sino con mayor fuerza que nunca, por la sencilla razón de que en el transcurrir del tiempo -en rigor, quienes transcurrimos somos nosotros, hacedores del tiempo- esas vísperas y esos días ganan en significación y trascendencia. Cada año, cada día, cada minuto de reflexión, nos muestran agigantado el relieve histórico de aquellas jornadas de coraje sin pausa y desconocida alegría. Y a esos días de guerra siguieron otros meses de increíble fecundidad. Porque aunque en el país se persista en ignorar o tergiversar la historia más reciente; en algún lugar del universo, o fuera de él, se hará inexorablemente el balance de la gestión de aquel gobierno, y entonces los argentinos sabrán -aunque ya sea tarde- lo que verdaderamente le deben, sin atenuantes.
Sí, otra vez recordamos y rendimos homenaje a la Revolución Libertadora. Para que nuestro hilo de voz atraviese el aire y llegue a tantos oídos sordos -o simplemente se quede en el aire- porque nada se pierde y todo se transforma, incluida la energía histórica y los destinos consumados. Para que en el desierto de convicciones, algunos, al menos algunos, recuerden aquella gran convicción, aquella gigantesca convicción, que cubrió nuestras conciencias hasta la superficie, desbordándolas.
Fue la gran posibilidad argentina, porque fue el triunfo del valor ante la cobardía, de la honradez ante la corrupción, de la hidalguía ante la mezquindad, de la moral frente a la venalidad, de la estética frente al mal gusto, de la libertad ante el sometimiento. Fue una maravillosa pirueta del espíritu creador, de ese espíritu que da sentido a la historia, es decir a la biografía de los hombres. Fue una afirmación del Espíritu de Occidente.
Sí, otra vez recordamos y rendimos homenaje a la Revolución Libertadora. Para que los veteranos la recuerden aunque sea un instante tan sólo; los que le fueron leales retemplarán el espíritu, y los traidores tendrán un minuto de arrepentimiento en el último repliegue de sus conciencias. Y para que los jóvenes sepan que -no hace mucho- hubo un momento argentino de esperanza en la desesperanza, confíen en la razón ante la sinrazón; y ante la infecundidad de los populismos y los totalitarismos, adviertan que existe otra alternativa, la que nos marcan las palabras y los gestos de aquel septiembre inolvidable.
Para que los jóvenes averigüen, indaguen en todos lados y se informen acerca de lo que pasó y por qué pasó al filo de una madrugada. Para que sepan lo que es una actitud de rebeldía y aprendan a distinguirla de la contraactitud de la subversión. Porque la subversión es destructora y estéril, mientras la rebeldía es creadora y motora de la historia. No hay historia sin rebeldía.
Y no hay juventud sin rebeldía. No se puede concebir una juventud apoltronada, arrebañada, seguidora de déspotas y tiranías o entregada a conformismos fatalistas. Hubo multitud de jóvenes rebeldes en 1955; luego hubo jóvenes subversivos que destruyeron lo reconstruido entonces. Aquéllos estuvieron del lado de la libertad y de la ley; la esclavitud y la arbitrariedad. Sepan los jóvenes de hoy distinguir entre la esclavitud y la arbitrariedad. Sepan los jóvenes de hoy distinguir entre ambos, aunque rara vez se les hable de ello. Es una elección decisiva. La neutralidad no sirve, no sólo para los jóvenes; no sirve para nadie. ¡Y hay tantos neutros! (¿neutros?).
Sí, otra vez recordamos y rendimos homenaje a la Revolución Libertadora. Para no cometer un acto de injusticia. Y, como dijimos una vez, es bueno recordarla ahora, porque es un acto libre, desinteresado, que no busca dividendos políticos, ni adhesiones apresuradas. Como deben ser los verdaderos homenajes, la verdadera comunicación. Para nada. Ante la herrumbre de las ideas, ante la claudicación de las convicciones, ante la amnesia decretada, ante la sangre derrramada.
Sí, otra vez te recordamos, Revolución Libertadora, para que fecundes la aridez de la tierra, para que verifique la pereza del mar, para que humanices la dureza del asfalto; porque no pasaste sino que nos pasaste, a los unos y a todos, especialmente nos liberaste y los liberaste del miedo.
Te recordamos, para que no hablen de derechos humanos sus empedernidos violadores.
Te recordamos, para suplir el olvido de tantos que tanto te deben.
Y te recordamos, para que no muera toda esperanza.

Jorge L. García Venturini
Artículo publicado en el diario La Prensa
el 16 de septiembre de 1979