HISTORIA
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Hacia la democracia por mandato histórico
Discurso pronunciado en la Ciudad de Posadas por el presidente provisional de la Nación, Gral. Pedro Eugenio Aramburu, el día 29 de septiembre de 1956.
Llegamos a Misiones, tierra ejemplo de lo que puede la voluntad creadora del hombre, aún en contra de los olvidos oficiales, para aplaudir entusiastamente a la iniciativa privada y para comprometer el sano y amplio apoyo del Gobierno de la Nación.
Traemos a esta vieja y nueva provincia la palabra que aclare y ubique, que reconforte y aliente, con el ánimo de demostrar, una vez más, que esta revolución de argentinos, con espíritu y realización patriótica, no sabe de barreras infranqueables ni de distancias cuando se trata del bien de la Nación.
Los hombres que gobernamos nos enorgullecemos de coincidir en el más absoluto desinterés personal y en la más elevada inspiración argentina.
No tenemos desviaciones en nuestra conducta, porque conocemos, con toda claridad, el propósito que nos guía y sabemos de las acechanzas.
Las Fuerzas Armadas, que no olvidan las oportunidades donde la correcta inspiración fue bloqueada para luego ser burlada, saben por propia experiencia que no basta la buena intención.
Saben también de las maniobras que a cada instante inventan y provocan quienes quieren crear recelos, para debilitar la Revolución en las fuerzas que la hicieron.
Si nuestro llamado de atención es un predicar constante, no menos constantes son los intentos de los permanentes enemigos de la democracia.
Siendo el sometimiento del hombre la meta común, no puede extrañarnos encontrar las extremas derecha e izquierda aglutinadas en pos del fin inmediato: la caída del Gobierno.
Alianzas de error, provistas de extraordinaria habilidad destructiva, actúan aprovechando o creando circunstancias favorables, acompañadas por la palabra engañosa y perniciosa.
Sus adeptos constituyen una pequeña minoría y, dentro de esa minoría, es posible diferenciar a los conductores, verdaderos responsables, y a los conducidos, enceguecidos y engañados.
En las democracias las minorías tienen una función rectora de extraordinaria importancia, ejerciendo la crítica constructiva y sana y el control de la mayoría.
Las mayorías deben aceptar la colaboración de las minorías, sin tratar de anularlas.
Adviértase bien que hemos hablado de mayorías y minorías en las democracias.
El totalitarismo es enemigo de la democracia y no una minoría de ella.
Por contraste grotesco las minorías, amantes de la esclavitud, levantan en sus campañas banderas de libertad.
Nuestro país podrá haber errado transitoriamente, pero ello hace a la experiencia adquirida y no a la esencia de su vocación política y social.
Ni nazis ni comunistas.
Somos partidarios de la democracia por vocación, por convicción y por mandato histórico.
Tal es la médula de los sentimientos que constituyen el espíritu y el carácter de la nacionalidad.
Reiteradamente hemos recalcado sobre nuestra circunstancial transitoriedad en el Gobierno.
Reiteradamente, también, hemos declarado nuestra voluntad de entronizar la más absoluta libertad, mientras no afecte a la misma colectividad que se beneficia con ella.
Nadie dudará que día a día los medios y síntomas de libertad han ido en aumento.
No habrá tampoco quienes, ingenuamente, crean que el Gobierno de la Revolución ha dado por terminada su tarea en este sentido.
Lo exacto es que, lamentablemente, subsisten engranajes totalitarios en el seno mismo de la Administración Nacional, actuando con los vicios tristemente conocidos y saboteando sutilmente las directivas que se imparten.
No creíamos que desmantelar un sistema dictatorial fuese tarea fácil, pero tampoco creíamos que muchas personas que bregaron en su oportunidad contra tal sistema, resultasen devoradas por el sistema mismo, convirtiéndose en escollos para la prosecución de una obra irrenunciable.
Tales fenómenos constituyen frenos a la democratización, reforzados por una clemencia de corte electoralista que asombra y entristece.
Pero no se equivoquen los argentinos; la Revolución no dejará a sus legítimos sucesores una organización que al devorar hombres y aún gobiernos retrotraiga al país a los vicios de una dictadura formal o disimulada.
Pueblo de Misiones: esta provincia, nacida para la civilización por obra de la fe hace ya más de tres siglos, se adhirió al pronunciamiento de Mayo el 10 de junio de 1810. Y el 30 de diciembre del mismo año, el general don Manuel Belgrano aprobó las primeras normas institucionales argentinas. Es que los misioneros, por el camino de la fe, aprendieron a amar la libertad y con ella sintieron la necesidad de organización.
Rocamora, Pérez y Planes, el gran uruguayo don José Artigas, Galván, Basualdo, Guacurarí, Siti, fueron los primeros gobernantes de los hombres bravos de la selva que, apenas nacida la Patria, ofrecieron generosamente su sangre para consolidarla.
Innumerables expresiones militares y jurídicas señalan, con caracteres nítidos, el más puro concepto federalista de esta tierra.
Misiones se muestra a la República con todo el orgullo sano de su definida personalidad federalista, con una raza de hombres por cuyas venas corre lo mejor del guaraní y del europeo, con las posibilidades inmensas de su territorio y con la belleza paradisíaca de sus ríos y selvas.
El Gobierno de la Revolución recuerda en este acto, con admiración y respeto, a cuántos hicieron posible esta realidad presente y hace votos por que la cruz, que dominara el salvaje y descubriera tierras, vele por la grandeza y prosperidad de este rincón de la Patria.