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HISTORIA

BIOGRAFÍAS

ISAAC FRANCISCO ROJAS

Artículo publicado en La Prensa, el 15 de abril de 1993

Estamos en septiembre de 1955. El presidente Juan Domingo Perón ha acentuado en los últimos años, cada vez más, sus métodos totalitarios, impidiendo la expresión de los partidos políticos, tras incendiar sus bibliotecas y poner presos a sus principales figuras. Hace ya tiempo que ha avasallado a la Suprema Corte de Justicia y la Universidad, y cometido el despojo de La Prensa; los empleados públicos deben afiliarse al partido oficial o enfrentar la cesantía, se estimula la delación y otras prácticas de raigambre fascista (no olvidemos que Perón vivió en Italia los años triunfales de Mussolini, al que admiraba, y era amigo de Stroessner, Somoza, Trujillo, Pérez Jiménez y demás lúgubres dictadores sudamericanos que le dieron hospitalidad tras su derrocamiento).

Excepción hecha de una clase social que, de buena fe, creía en conquistas sociales impuestas demagógicamente, una parte considerable de la población venía manifestando un creciente malestar. Sectores de las Fuerzas Armadas se habían hecho eco de esas inquietudes e intentaron desalojar a Perón por la fuerza en septiembre de 1951 y en junio de 1955, pero dichos conatos terminaron en fracaso.

Se llega así a los días previos al 16 de septiembre. El general Eduardo Lonardi, que había conspirado ya en 1951 junto al general Benjamín Menéndez, asume la responsabilidad de conducir un pronunciamiento militar que es apoyado por importantes grupos civiles del país. Las acciones comenzaron en la ciudad de Córdoba, donde se combatió en cuarteles y calles; enfrentamientos en los que el general Dalmiro Videla Balaguer tuvo un decisivo protagonismo.

Las fuerzas navales comprometidas, que eran prácticamente todas las de la Marina, debían sublevarse el mismo día y a la misma hora que el resto de las Fuerzas Armadas.
El día 15, el capitán de navío (de aviación naval) Arturo Rial, comandante de operaciones navales, se trasladó a Puerto Belgrano y desde allí dirigió la posterior ocupación de Bahía Blanca y de Mar del Plata (esta última tras un recio cañoneo).
El 16 se sublevó la Escuela Naval Militar de Río Santiago, dirigida por el contraalmirante Isaac Francisco Rojas, plegándose simultáneamente la flota de río y las fuerzas de las demás bases. Sería el contraalmirante Rojas a quien le cupo la responsabilidad de declarar el día 17 el bloqueo total de todos los puertos.

En la madrugada del 18 los cruceros “La Argentina” y “General Belgrano” llegaron a la boca del Río de la Plata y el contraalmirante Isaac Francisco Rojas, por ser el oficial de mayor graduación del cuerpo de comando embarcado, pasó a ser el comandante de operaciones. En tal carácter intimó la rendición del gobierno bajo la amenaza de bombardear las destilerías de petróleo de La Plata y objetivos militares en la ciudad de Buenos Aires.

El mediodía del 19, poco antes de que expirara el ultimátum lanzado por la Marina de Guerra, el general Lucero leyó la renuncia de Perón a la primera magistratura del país.

Lo que sigue es ampliamente conocido: la asunción presidencial del teniente general Lonardi -reemplazado meses después por el teniente general Pedro Eugenio Aramburu- y la del contraalmirante Rojas como vicepresidente de la Nación.

Cuando varias décadas más tarde, un representante de La Prensa preguntó al alto jefe naval recientemente desaparecido cuáles habían sido los momentos culminantes de su vida pública, respondió: “El 18 de septiembre de 1955, cuando por voluntad de la Marina de Guerra asumí el Comando en Jefe de la misma. Otro, el 1º de mayo de 1958, cuando cumpliendo la palabra empeñada por los jefes de la Revolución Libertadora, en particular por el general Aramburu, hicimos entrega del poder a los ciudadanos elegidos por el pueblo según los mandatos de la Constitución fundadora de 1853”.

Pero el almirante Rojas, tras su alejamiento de la función pública, que ejerció con patriotismo, decoro y efectivas muestras de su vigorosa personalidad, se mantuvo siempre alerta y comprometido con los grandes temas nacionales y con lo que él consideró la defensa de la integridad de nuestro territorio. Conocida es su participación en campañas de defensa del patrimonio natural argentino y sus manifestaciones de indeclinable adhesión a los principios de libertad y justicia.

Necesario es destacar su reacción dolorosamente indignada durante el conflicto bélico en las islas Malvinas. A pesar de su avanzada edad y de hallarse enfermo en esos momentos, se comunicó con las autoridades de la Marina de Guerra para informarles que estaba dispuesto a entrar en servicio para defender las islas irredentas. Su pesadumbre, tras la derrota, constituyó uno de los más grandes sinsabores de su vida.

Admirado por sus fieles simpatizantes y denostado por sus antiguos adversarios, el almirante Rojas fue siempre un ciudadano leal a sus convicciones y un temperamento apasionado, firme y sincero hasta la temeridad. Esas virtudes fueron exaltadas por sus admiradores durante una reunión multitudinaria efectuada en 1986, en el Luna Park, al cumplir 80 años de edad.

A pesar del progresivo deterioro de su salud -acentuado por la muerte en 1991, de su esposa, compañera fiel y comprensiva de muchos años-, nunca abdicó de sus ideas, jamás se arrepintió de haber actuado como actuó. No obstante lo cual tuvo la nobleza de declarar, en más de una ocasión, la ausencia de rencor hacia quienes, a su criterio equivocados, habían seguido siendo fieles a quien él contribuyó decisivamente a derrocar. Más aún; cuando un candidato del justicialismo, el doctor Carlos Saúl Menem, asumió por el voto popular la presidencia de la Nación, no vaciló en concurrir a su despacho para desearle éxito en su gestión. Menem retribuyó su visita yendo a verlo cuando el almirante Rojas estuvo hospitalizado y asistió a su velatorio.

El almirante Rojas pidió expresamente que incineraran sus restos y que las cenizas fueran esparcidas en el mar, en el sitio exacto donde fue hundido, durante la guerra de Malvinas, el crucero “General Belgrano”, aquella nave desde la cual, en su hora más gloriosa, él dio el ultimátum que cambiaría la historia del país. Quiso volver al elemento que fue su destino, el mar, y confundirse con sus camaradas inmolados.

El almirante Isaac Francisco Rojas fue una figura estelar y decisiva en momentos dramáticos del devenir nacional. Fue un ejemplar ciudadano en horas de conflictos y en épocas de paz.

El almirante Isaac Francisco Rojas fue futuro.