El retorno de la kakistocracia
No nos sorprende, simplemente, nos angustia. Se veía venir. En estas mismas páginas lo hemos advertido desde el principio del proceso que había llegado la “hora de la verdad” –y en lugar de la hora de la verdad lo que se vuelve a oír es la “hora del pueblo”. En un artículo que se llamaba ”Voz calmante o las causas y los efectos”, hace algunos meses atrás, volvemos a reiterar que hay oídos sordos a las advertencias y que por favor, no se nos diga de nuevo que ”todos somos responsables”, ni de lo que pasó ni de lo que va a pasar. Advertencias no han faltado, ni faltan. Ahí están los últimos de Abdal, de Sánchez Sañudo, de Alicia Jurado, para citar los más recientes y elocuentes. Pero uno se pregunta: ¿o son la voz solitaria del deserto ciudadano que se estrella contra los muros anónimos de la ciudad adormilada y termina derramándose en los desagües municipales como el agua limpia de la lluvia, que vertida en barro, o como aquella voz de San Juan Bautista, que clamaba ante oídos inexistentes, aunque estuviera rodeado de multitudes?.
¿Es posible que, en esta nueva oportunidad la amnesia y los lugares comunes se hayan dado tan rápidamente? ¿Será otro ejemplo de aceleración de la historia? La increíble restauración de 1973, caso único en el mundo civilizado, de retorno al poder de un sujeto de las condiciones psicomorales del gran corrupto (para no abundar en detalles, véase el decreto de degradación firmado por un Tribunal Superior constituido por cinco tenientes generales, para haber impedido que por decreto montonero se le restituyera grado, uniforme y dineros: también podría recordarse la excomulgación cuyos términos absolutorios nunca se conocieron) : en fin, esa vergonzosa restauración vino dieciocho años después; ahora las cosas parecen acortar plazos y si bien el titular de la hecatombe argentina ya no está en este mundo, no faltan, más bien sobran, los herederos de supuestos electorados vacantes.
Aquella afrenta comenzó en un restaurante –Nino ha sido un nombre para la historia de la infamia-, y ahora han vuelto las comidas increíbles, entre cuyos comensales se cuentan jefes montoneros (que alardearon de serlo y no se han rectificado), firmantes de la ley de amnistía, destacadas figuras del submundo político argentino y, en el mejor de los casos cómplices y complacientes, de todo eso. ¿Cómo se explica tal incongruencia? ¿Cómo se explica que compartan la misma mesa los que vinieron a moralizar y los que vinieron a destrozar el país, y que había que sancionar y no invitarlos a comer?
Vuelven a poblar el aire las palabras “diálogo”, “propuesta política”, “unidad nacional” “salida democrática” y otras por el estilo. ¿Qué significa todo esto? El diálogo es una cosa buena, más aún, indispensable, y de hecho se ha venido haciendo desde antes del pronunciamiento de marzo y durante estos años. Se ha dialogado con mucha gente. Los militares abrieron sus bases y guarniciones a muchos civiles. Debe entenderse, entonces, que cuando se dice que se va iniciar el diálogo es con otra gente, es decir, con los responsables del desastre. Y entonces el diálogo de bueno se convierte en malo, en acto sencillamente suicida.
¿Y qué decir de la “unidad nacional”? ¿Con quién, para qué? Todos juntos somos más, decía el oficialismo antes del 24 de marzo. ¿De nuevo ahora? ¿Todos juntos? El peligro está en quedarse sin billetera. ¿La “salida democrática? No vamos a explicar- lo hicimos ya muchas veces- qué debe entenderse por democracia. Pero tal cual se usa aquí el vocablo es volver al concepto inadmisible- jamás sostenido por teoría alguno desde Platón y Aristóteles en adelante- de que democracia es un mero mecanismo electoral en virtud del cual triunfa el que obtiene la mita más uno de los votos y luego hace en el poder lo que se le dé la gana.
Desde las altas esferas se vuelve a hablar de los partidos tradicionales. Los hay, y en principio, a pesar de la claudicación de tantos políticos, en cuanto partidos son respetables. La Unión Cívica Radical, por ejemplo, expresión tradicional de liberalismo argentino durante varias décadas, es un partido tradicional, y ha prestado servicios a la República, a pesar de la traición de los últimos años. Y otras agrupaciones políticas. Pero incluir entre los “partidos tradicionales” a esa masa viscosa e informe creada por una mente diabólica, que nunca fue por propia definición, un partido político, sino un “movimiento” cuya columna vertebral es la estructura sindicalista totalitaria (aún intacta), y que sólo ha dado al país corrupción, corrupción, corrupción, es realmente una cosa increíble, incomprensible, inadmisible, Es, sencillamente, el retorno de la kakistocracia.
Los culpables directos del desastre están sueltos, o con “arresto domiciliario” o no se sabe bien en qué condiciones jurídicas. Lo único claro es que no hay nadie sancionado.¿Con qué autoridad moral se podrá condenar a un ladrón común que asalta un banco, por ejemplo, arriesgando la vida y haciendo un mal muy limitado, si los que han demolido los valores morales sin contemplaciones, los que han informado y han armado la subversión, los que han afrentado -por segunda vez-a la República no sólo no están sancionados, sino que se sientan en torno áulico banquetes, preparando su retorno triunfal para un nuevo festín de los corruptos. Uno se pregunta, entre otras cosas: ¿Para qué retiran los cuadros de dos subalternos de un recinto del Congreso, cuando el busto de jefe corruptor permanece en la Casa Rosada? Una editorial de este acaba de señalar claramente esta incongruencia. ¡Y uno se pregunta tantas otras cosas!
Lo hemos dicho otras veces. Todo problema bien planteado es un problema moral. Y el orden moral no se viola impunemente. La primera prioridad argentina -así creíamos al menos- era reparar los valores pisoteados, volver a recrear la fe perdida, sancionar el delito, reinstaurar la majestad de la justicia.
Y si había que sentarse a la mesa, hacerlo con otros comensales, que los hay todavía en el país. El orden moral es primera y absoluta prioridad. Nada hay por sobre él, porque está establecido por Dios y no por los hombres o las circunstancias. Y ningún problema tendrá verdadera solución sin un orden moral que la sustente.
¿Se podrá tener una”democracia fuerte” con hombres moralmente débiles? ¿Una “democracia estable” con los hombres mentalmente inestables? ¿Una “democracia moderna” con los artífices de las peores mañas que recuerda la historia? ¿Con quiénes se va a hacer la democracia que se anuncia? Las frases no alcanzan a cubrir la realidad. Lo mismo se dijo en 1972 – 73, y así terminamos.
Ya afirmaban los griegos que repetir el mismo error dos veces era cosa de tontos; repetirlo tres veces sería de locos. Y el Eclesiastés nos recuerda que “cuanto hace Dios permanentemente, y nada se le puede añadir, nada quitar, y es bueno el temor a Dios. Porque tiene siempre presente lo que pasó” (3,14)
Dios se apiade de nuestro país o impida nueva restauración de los peores. Sería ya una dosis mortal.
Por Jorge L. García Venturini
23/12/1978